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Cultura, sabor y relato desde la Patagonia
Crónicas

Marcelo Miras:
«Hay que valorar
a todas las
bodegas que se
sostienen en
el tiempo»

Una de las máximas referencias en materia de vinos en el sur del país, el enólogo Marcelo Miras reflexiona sobre el presente y la historia del vino patagónico.

Por Nico Visne 11 de junio de 2026 8 min de lectura
Marcelo Miras en su bodega, Río Negro
Miras recorre los viñedos viejos de su chacra en el Valle Medio. Foto: archivo personal.

El vino patagónico irrumpió hace rato. Ya no es cuestión de ver dónde se coloca en la escena argentina: el futuro llegó hace tiempo, y hablando de vinos en la Patagonia, eso revela un montón de cosas. Calidad, resistencia e identidad.

Una identidad que se vuelve visible, palpable. Donde las bodegas, los productores y los enólogos se encuentran cara a cara y la sensación es colectiva: algo está pasando. Eso ocurrió hace unos días en Allen, durante el encuentro «Iconos de la Patagonia 2026», donde más de veinte bodegas de Río Negro y otras provincias patagónicas compartieron vinos, historias y miradas sobre el presente y el futuro de una industria que, aun en medio de la incertidumbre económica, sigue creciendo desde la calidad y las experiencias.

Entre los presentes estuvo Marcelo Miras, uno de los nombres fundamentales de la vitivinicultura patagónica. Su recorrido atraviesa buena parte de la historia moderna del vino en el sur argentino: llegó desde Mendoza a fines de 1990 para trabajar en la histórica Bodega Humberto Canale, participó del desarrollo del polo vitivinícola de San Patricio del Chañar y durante años fue una de las caras visibles de Bodega del Fin del Mundo. Hoy, además de ser presidente de la Ruta del Vino de Río Negro, desarrolla su propio proyecto familiar en el Valle Medio con Bodega Familia Miras.

Pero más allá de los nombres propios, lo que entusiasma a Miras es el momento colectivo que vive el vino patagónico.

«Hace muchos años trabajamos para tener una vitivinicultura regional de primera línea. Hoy vemos vinos de excelencia en las cuatro provincias patagónicas y eso es muy gratificante.»

— Marcelo Miras

La frase no parece protocolar. En Allen, entre copas de Pinot Noir, Chardonnay, criollas recuperadas y blancos filosos, quedó claro que el mapa del vino rionegrino cambió.

Durante décadas, Río Negro fue sinónimo de volumen. En los años 70 y 80 la provincia llegó a tener unas 17 mil hectáreas cultivadas y cerca de 200 bodegas. Hoy la Patagonia completa ronda las 3.500 hectáreas y apenas unas 40 bodegas activas. Sin embargo, la lógica cambió: ya no se piensa en cantidad sino en precisión, identidad y calidad.

Río Negro en números
17.000
hectáreas cultivadas y cerca de 200 bodegas activas en los años 70 y 80
3.500
hectáreas activas hoy en toda la Patagonia, con apenas 40 bodegas en actividad

Ese giro también modificó la experiencia alrededor del vino. Porque el vino patagónico actual no se agota en la botella. Está en el recorrido por chacras históricas, en las degustaciones entre álamos y canales de riego, en las visitas a pequeños productores que recuperan viñedos de 80 años, en la gastronomía regional y en la posibilidad de conocer historias familiares detrás de cada etiqueta.

«La apuesta hoy está puesta en la calidad», resume Miras. Y esa búsqueda se nota en los vinos, pero también en cómo las bodegas piensan el turismo y el vínculo con el consumidor.

La experiencia detrás de la botella
Marcelo Miras en los viñedos del Valle Medio
Marcelo Miras en Bodega Familia Miras, Valle Medio, Río Negro.

La Ruta del Vino de Río Negro atraviesa una transformación silenciosa. En lugares como Mainqué, General Roca, Ingeniero Huergo, Villa Regina o Choele Choel aparecen proyectos pequeños, bodegas familiares y productores que entienden que el visitante busca algo más que probar un vino: quiere entender el paisaje. Quiere caminar un viñedo viejo, escuchar cómo funciona el sistema de riego del Alto Valle o descubrir por qué un Pinot Noir del sur tiene una acidez distinta y un perfil más fresco.

En ese sentido, la Patagonia parece haber encontrado una ventaja natural en un mundo donde el consumo global de vino cae y las bodegas necesitan reinventarse.

«El consumidor cambió y nosotros tenemos que escuchar qué quiere beber.» — Marcelo Miras

Hace 25 años, explica, predominaban vinos potentes, con mucho alcohol y fuerte presencia de madera. Hoy el mercado pide otra cosa: vinos más livianos, más tensos, menos intervenidos y más fáciles de tomar. El cambio también responde al clima y a nuevas formas de consumo. En Patagonia crecieron los blancos y los vinos de menor graduación alcohólica. Chardonnay y Sauvignon Blanc encuentran condiciones excepcionales en las noches frías del sur, mientras que el Pinot Noir continúa consolidándose como uno de los varietales emblemáticos de la región.

Viñedos con memoria

Pero Miras insiste en mirar más allá de las etiquetas tradicionales. Habla con entusiasmo de variedades históricas y de viñedos olvidados que algunas bodegas comenzaron a recuperar.

«El material genético de esos viñedos implantados hace 80 o 90 años es muy importante preservarlo», explica. Allí aparecen nombres menos conocidos para el gran público: Trousseau, Torrontés Mendocino, Pedro Giménez o viejas criollas que sobrevivieron al abandono, a la urbanización y a décadas donde muchos creían que no tenían valor.

Recuperar esos viñedos lleva tiempo y dinero. Pero también construye una narrativa distinta para el vino rionegrino. Una narrativa ligada al patrimonio y a la memoria agrícola del valle.

Y quizás ahí esté una de las claves del presente: la Patagonia ya no intenta parecerse a otras regiones vitivinícolas. Está construyendo una identidad propia.

· · ·

En las degustaciones de Allen eso se notaba copa tras copa. Había vinos modernos y clásicos, proyectos nuevos y bodegas históricas. También una convivencia generacional interesante: grandes estructuras junto a pequeños productores que elaboran apenas algunas miles de botellas.

Para Miras, ese ecosistema diverso es saludable. Sobre todo en un contexto económico complejo, donde sostener una bodega en Argentina implica atravesar permanentes reacomodamientos.

«Hay que valorar a todas las bodegas que se sostienen en el tiempo.»

— Marcelo Miras

Detrás de esa frase aparece otra dimensión del vino patagónico: la resistencia. Porque hacer vino en el sur nunca fue sencillo. El clima extremo, las distancias, los costos logísticos y las crisis económicas forman parte del paisaje tanto como el viento o las bardas. Sin embargo, el vino sigue creciendo. Tal vez porque en Patagonia el vino no es solamente una industria. Es una forma de habitar el territorio.

Por eso, encuentros como el de Allen funcionan como una foto del presente, pero también como una declaración de futuro. Una región que durante años fue periférica dentro del mapa vitivinícola argentino hoy produce algunos de los vinos más interesantes del país y empieza a consolidar experiencias enoturísticas con identidad propia.

Y en medio de esa transformación, Marcelo Miras —que lleva más años viviendo en Patagonia que en Mendoza— observa el camino recorrido con cierta calma. Después de pasar por grandes bodegas y proyectos gigantescos, hoy encuentra sentido en algo más pequeño: una chacra, viñedos viejos y la posibilidad de seguir contando la historia del vino rionegrino desde adentro.

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NV
Autor
Nico Visne

Periodista gastronómico. Comunica gastronomía en radio, podcast y medios digitales desde Patagonia. Escribe sobre vinos, cocina y territorios.