La cervecería no tiene cartel. O tiene uno tan discreto que la mayoría de los que llegan por primera vez duda si se equivocó de camino. Eso a Diego le gusta. En verano se sienta afuera, al lado del fogón, y escucha a los recién llegados contarse las peripecias del trayecto — que perdieron la señal, que casi se van por otro lado, que casi se vuelven. Y cuando salen, les escucha decir lo mismo: valió la pena.

"La gente llega porque tiene que llegar. El que quiere llegar llega, y el que no, no llega." Para Diego, eso no es descuido ni omisión: es una declaración de principios.

El 16 de diciembre de 2001

Diego llegó a Villa La Angostura el 16 de diciembre de 2001. Llegó sin televisión, sin radio, sin enterarse de lo que estaba a punto de derrumbarse en el país. Llegó con la camioneta, el perro y cinco pesos guardados para una llamada de emergencia a Buenos Aires que nunca tuvieron que hacer.

Él y La Polaca venían de Buenos Aires, pero no escapados. "Nosotros veníamos a vivir acá", aclara. La diferencia importa. Habían comprado los terrenos en 1997, gracias al padre de un amigo que le mostró una foto en papel — foto papel, sí, año 97 — de la vista que se abría desde la loma: el río Correntoso entero, hasta los Quintupiray del otro lado. Compraron sin conocer el lugar, solo con esa imagen.

Diego era criado en Necochea y conocía lo que era vivir en un pueblo, pero la Patagonia fue otra cosa. "La montaña me enamoró." Antes de mudarse, hicieron un curso de huerta orgánica y otro de energías renovables. Llegaron con una cabeza de cambio que no era improvisada.

"Vinimos con una mano atrás y otra adelante. Con todo lo que teníamos: el perro, la camioneta y a ver cómo arrancábamos."

En Buenos Aires dejó un negocio de fotocopiadoras frente a la Facultad de Ciencias Económicas — nueve empleados, un socio, mucho ruido. "Era mucho", dice. Quería otra cosa. Cuando llegaron a la Angostura, Diego detectó que había necesidad de gasistas matriculados. Hizo el curso en la UOCRA y se matriculó. Así empezó.

El agua de deshielo

La cerveza vino después, casi de casualidad. Diego había empezado a fermentar en Buenos Aires a fines de los 90, en un grupo que se juntaba en San Telmo. No era el plan montar una cervecería comercial. Pero Villa La Angostura le dio algo que en la ciudad no tenía: el agua.

"Tenemos un agua alucinante, súper blanda", dice. Agua de deshielo, sin minerales, que permite trabajar con cualquier estilo sin necesidad de filtrar ni remineralizar. En Buenos Aires, las aguas duras obligan a procesos largos: se filtra todo, se sacan todos los minerales, y después se los vuelve a agregar según el estilo que se quiere producir. En Villa La Angostura, el agua llega lista. "Para nosotros, esa parte no la hacemos. Y eso es la gran ventaja del lugar."

Así nació Epulafquen — que según los cerveceros de la capital neuquina es la primera cervecería de la provincia. No fue una decisión estratégica. Fue la combinación de un hobby, un agua excepcional y vecinos que insistían en que siguiera. "¿Por qué no? La gente empezó a pedir y terminamos haciéndolo comercialmente." Desde 2002, no faltaron a ninguna Fiesta de los Jardines. Veintitrés años ininterrumpidos.

La IPA que todos toman y nadie premia

Las cervezas de Epulafquen son de alta fermentación, estilos clásicos del viejo mundo. Inglesas, en su mayoría. La estrella es la English IPA.

Diego la define por su "tomabilidad": "En tres tragos te tomaste una pinta y te siguen dando ganas de tomar otra." No suele ganar concursos — "el rango de categoría no la termina de abrazar" — pero es la que todos piden. La paradoja: los mismos cerveceros que la cataron y no la premiaron son los que después, en el encuentro post-concurso, se la toman en el bar.

"El premio más lindo que tengo con la IPA es que es la cerveza que más le gusta a la gente."

La Polaca ya no la manda más a competencias. Diego participa solo en el concurso de Aluminé, "porque hace muchos años que están y hay que apoyar las movidas". Lo demás no le interesa. "Lo que me hubiera gustado es crecer un poco más juntos con el municipio." Viajó, dice, por lugares muy cerveceros, y en todos lados el pueblo tiene su cerveza: el logo en la guía turística, el intendente levantando el vaso. Acá todavía no llegaron a ese punto.

Para comer, recomienda las ribs ahumadas con barbacoa que salen del ahumador que él mismo construyó. "Están buenísimas." Y para tomar, la IPA si soportás el amargor, la Session IPA con lúpulo Victoria si no. "Es muy suavecita, muy amiga de la gente que le tiene miedo a la IPA."

Cuando llovía arena

El 4 de junio de 2011, el volcán Puyehue entró en erupción y Villa La Angostura amaneció cubierta de ceniza. Un día así, normal, y de repente llovía arena. "No sabíamos qué iba a pasar."

Diego bajó con la camioneta a sacar arena de los techos. La Polaca quedó en el Centro Cultural coordinando la logística. A los quince días, Epulafquen ya había reabierto porque la gente necesitaba un lugar donde estar y estar comunicada. Compraron un generador a gas con un crédito provincial y anunciaron: de tal hora a tal hora, carga de celulares gratis. Y la gente venía.

Lo mismo durante la pandemia. Lo mismo cuando se cayó una piedra y estuvieron cinco o seis días sin luz. "Siempre tratamos de estar. Un granito de arena."

Uno se tiene que adaptar al lugar

Hay una pelea que Diego da hace años, de boca en boca, con los vecinos recién llegados que traen consigo la estética de la ciudad. Que talan coihues para hacer jardines estilo Buenos Aires. Que quieren pasto donde no crece pasto, y no entienden por qué.

"Uno se tiene que adaptar al lugar donde vivimos, y no el lugar a nosotros." Y lo practica: el techo de la fábrica está cortado en ángulo para no tocar un coihue que crece al costado. El año pasado, ese mismo árbol les partió el depósito con una rama gigante. Igual, siguió.

Les enseña a los vecinos nuevos qué árboles se pueden ralear y cómo — el radal, el ñire, el maitén — y cuáles no se tocan. "El ciprés no le podés cortar la punta porque es una conífera y no vuelve." Un coihue, si hay que tirarlo, se tira. Pero se plantan dos más. "Cuando seamos viejos recién va a ser un árbol de verdad."

La fábrica funciona al 100% con energía solar. En días de pocas horas de sol siguen conectados a la red, "pero la idea es salirnos del sistema lo más posible, dejar de usar hidrocarburos". Llegaron con esa cabeza en 2001 y no cambiaron.

Y hay algo más que valora: la puerta de su casa no tiene llave. El auto, tampoco. La fábrica no tiene cerradura. "Eso tiene un valor increíble."

Veinticinco años y tristeza

Después de todo eso, Diego dice que hoy tiene miedo. "La cosa está tan difícil que tenés que pensar que por ahí no podés continuar. Y eso me genera tristeza."

Veinticinco años. La primera cervecería de la provincia. Un lugar al que la gente llega sin cartel y se va diciendo que valió la pena. La IPA que todos quieren pero nadie premia. El fogón afuera, el coihue que le rompió el techo y que sigue ahí.

"Como buen argentino, siempre le inventamos algo y salimos para adelante. No va a ser ni la primera ni la última."

Lo dice sin fanfarria. Con la misma calma con la que se sienta a escuchar entrar a los que llegan diciendo que casi se vuelven, y a escucharlos salir diciendo que valió la pena.